Hubo un tiempo en San Luis Potosí en que la ceguera no te impedía conocer con precisión qué actividad se estaba desarrollando en la esquina de la cuadra; la ciudad se leía a través del oído.
Antes de la saturación visual de los anuncios de neón y los carteles de lámina, los oficios y los servicios de la provincia poseían una firma acústica inconfundible que formaba parte de la memoria colectiva de los habitantes del Altiplano.
El golpe seco del martillo sobre el yunque del herrero en el callejón, el crujido característico de las tijeras pesadas en el taller del sastre y el arrastrar de las mulas del repartidor de leche eran las señales auditivas que marcaban el pulso de la mañana.
Estos sonidos funcionaban como un mapa invisible de la productividad local. El ciudadano potosino sabía exactamente a qué distancia estaba la botica o el taller de calzado por el simple eco de las herramientas rebotando en las fachadas de cantera rosa.
Esta memoria del oído nos hizo una sociedad atenta a los detalles más pequeños del entorno, una provincia que aprendió a convivir con el ruido del trabajo artesanal como la mayor garantía de que la vida económica de la cuadra seguía marchando con la regularidad de siempre.


