La calle en el San Luis colonial no era esa vía pavimentada, silenciosa y exclusiva para el automóvil que hoy conocemos; era un territorio de negociación diaria y caótica donde todos los actores de la vida urbana debían disputarse el derecho de paso centímetro a centímetro.
En ese laberinto de tierra y empedrado tosco, los carruajes de las familias ricas debían frenar su marcha ante el paso lento de un rebaño de cabras que bajaba al mercado o las mulas de carga del minero que transportaba mineral.
No existían semáforos, banquetas delimitadas ni reglamentos de tránsito estrictos; el orden se establecía mediante un pacto informal de gritos, insultos de carretonero y la cortesía del sombrero ante el superior social. El peatón caminaba pegado a las fachadas de adobe, cuidándose de las ruedas de las carretas y de los desechos que salían de las cocinas de los zaguanes.
La calle era al mismo tiempo mercado, basurero, pasarela y taller mecánico improvisado. San Luis aprendió a convivir en medio de ese desorden ruidoso y pintoresco, forjando un carácter local tolerante a la fricción de la calle, donde la única ley verdadera era que el espacio público pertenece a quien tiene la terquedad necesaria para avanzar en medio de la confusión de la cantera.


