En San Luis, las imprentas fueron las fábricas de la Revolución. Mientras las minas producían metal, las prensas producían pensamientos, y estos últimos resultaron ser mucho más volátiles.
Tener una imprenta en tiempos de Díaz era una responsabilidad peligrosa. Los editores potosinos jugaban un juego constante del gato y el ratón con la censura, publicando críticas veladas y poemas que, si se leían con atención, eran verdaderos manifiestos de libertad.
La circulación de ideas peligrosas se daba en folletos, pasquines y periódicos de vida breve. San Luis se convirtió en un centro intelectual donde se discutían las nuevas corrientes del liberalismo y el socialismo.
Las ideas no necesitaban permiso para viajar; se movían en los bolsillos de los estudiantes y en las pláticas de los cafés. Estas imprentas fueron las que prepararon el terreno para Madero, creando un público crítico que ya no se conformaba con la versión oficial de la realidad. Aprendimos que la tinta puede ser más poderosa que la pólvora, especialmente cuando se usa para imprimir verdades que el gobierno preferiría mantener en la oscuridad.


