Antes de que la industria funeraria modernizara la despedida final, el velorio potosino era un asunto estrictamente doméstico y agotador. El finado ocupaba el lugar de honor en la sala de la casa, rodeado de cuatro cirios y una multitud de parientes que se turnaban para no dejarlo solo ni un minuto.
No era solo un ritual religioso, era una prueba de resistencia física y social. Se servía café, se repartía pan de dulce y se hablaba del clima para evitar el silencio incómodo que produce la presencia de la muerte entre los muebles de diario.
Esa convivencia forzada con el cuerpo generaba una atmósfera de cansancio colectivo que terminaba por unir a la familia y al barrio. Se recordaban las virtudes del muerto —exagerándolas un poco para compensar la palidez— y se ventilaban rencillas que solo el luto permitía perdonar temporalmente.
El velorio doméstico era la última función social de un ciudadano: su casa se abría a todos, la jerarquía se relajaba ante el misterio y la ciudad entera sabía, por el olor a cera y el movimiento de sillas en la madrugada, que un potosino más se había rendido ante la geografía del Altiplano. Era una forma de morir en comunidad, asegurándose de que el viaje al Saucito empezara con el ruido reconfortante de la charla de los amigos.


