Durante siglos, San Luis Potosí fue una ciudad con una jerarquía impecable: todo lo que importaba sucedía a la sombra de la Catedral. El centro era el escenario del teatro social, el motor del comercio y el depósito de la fe. Si uno no pasaba por el centro, no había vivido el día. Pero de pronto, sin que nadie emitiera un bando solemne, la ciudad decidió dispersarse.
Empezaron a surgir otros ‘centros’ en las periferias. Zonas comerciales que imitan ciudades de otro lado, desarrollos habitacionales con nombres en inglés y espacios de oficina que ya no necesitan la cantera rosa para sentirse importantes. El resultado es una geografía que ha perdido su eje. Hoy, para muchos potosinos, el centro histórico es un lugar de visita dominical o un trámite burocrático, pero ya no es el corazón de su vida diaria.
Esta transformación ha sido discreta, como todo lo que pasa en San Luis. No hubo una gran ruptura, simplemente un abandono progresivo de la costumbre de concentrarse. Ahora la ciudad es una red de islas que funcionan de manera independiente. El centro sigue ahí, imponente y lleno de palomas, pero ha pasado de ser el protagonista a ser una referencia nostálgica. San Luis ha crecido tanto que se le olvidó cómo mantenerse unida, y ahora nos toca aprender a vivir en una ciudad que tiene muchas direcciones pero ningún destino claro, moviéndonos de un polo a otro con la esperanza de encontrar, en algún punto, el orden que perdimos.


