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Una ciudad atravesada por la memoria

Miles de mujeres tomaron las calles de San Luis Potosí en una marcha que mezcló memoria, rabia y denuncia. Desde la Alameda Juan Sarabia hasta Plaza de los Fundadores, infancias, madres, estudiantes y sobrevivientes recordaron a las que faltan, señalaron a agresores y confrontaron a las instituciones que, entre expedientes dormidos y promesas repetidas, siguen quedando a deber justicia.

📸 Jaan Mora/ Zayda Vazquez

El punto de encuentro fue la Alameda Juan Sarabia, justo frente a la Iglesia de San José. En redes sociales alguien juraba que la marcha arrancaría a las cinco de la tarde, pero la verdad es que las marchas del 8 de marzo tienen su propio reloj biológico: empiezan cuando el morado ya conquistó el paisaje. Y así fue. Poco a poco el color comenzó a inundar la alameda. No por las jacarandas —que bastante trabajo tienen floreciendo— sino por las mujeres que atendieron el llamado.

📸 Jaan Mora/ Zayda Vazquez

Primero avanzó el bloque que siempre abre estas marchas y también el corazón: madres, hermanas, hijas, amigas de mujeres asesinadas o desaparecidas. Caminaban levantando lonas con rostros impresos, miradas congeladas en fotografías que ahora funcionan como evidencia de que alguien existió. “¡Justicia!”, “¡Vivas nos queremos!”, se repetía como un mantra colectivo que ya nadie necesita aprender de memoria porque el país lo ha ensayado demasiadas veces.

📸 Jaan Mora/ Zayda Vazquez

Entre esos primeros pasos también aparecieron otras presencias que recordaban que esta lucha atraviesa generaciones. Había infancias marchando con carteles hechos a mano, algunos con plumones morados, otros con letras torcidas que apenas cabían en el cartón. Niñas que caminaban tomadas de la mano de sus madres, aprendiendo demasiado pronto que el miedo también forma parte del paisaje de este país. A su lado avanzaban mujeres embarazadas, caminando con cuidado entre el gentío, protegiendo con cada paso la vida que llevaban dentro. Y también estaban las mujeres de la tercera edad, algunas apoyadas en bastones, otras del brazo de hijas o nietas, mujeres que han vivido décadas de silencios y que ahora decidieron caminar para que las siguientes generaciones no tengan que hacerlo por las mismas razones.

Detrás llegaron las mujeres del humo, las sacerdotisas urbanas, las que hablan con la tierra y también con los espíritus si hace falta. El copal dibujaba nubes blancas mientras cantaban y caminaban, como si quisieran purificar la ciudad antes de que empezara el verdadero ruido.

También apareció el bloque de mujeres con discapacidad, recordando algo incómodo: en este país a veces ser mujer ya es suficiente obstáculo, pero si además tienes una discapacidad, la sociedad decide subir el nivel del videojuego. Ellas marchaban recordando que durante años se les negó algo tan revolucionario como un empleo digno o tan cotidiano como entrar a un café sin que eso implique arriesgar la vida o la dignidad.

La marcha avanzó por la alameda tomando el costado de la vieja estación del tren, hoy convertida en el Museo del Ferrocarril Jesús García Corona. Ahí se hizo una pausa. En los andenes donde el 11 de marzo de 2018 una madre escuchó una frase que nadie debería escuchar: “Odalis se colgó”. Esa mañana, Odalis Hernández apareció colgada de las rejas del lugar. El dictamen oficial dijo suicidio. El corazón de su familia dijo otra cosa. Con una lectura y un pase de lista recordaron a la joven que no alcanzó a llegar a los XV años que ya le organizaban.

📸 Jaan Mora/ Zayda Vazquez

En estas marchas los nombres se multiplican: algunos son de aquí, otros vienen de lejos, pero todos pesan igual cuando se pronuncian.

La columna retomó el camino: 20 de Noviembre, luego Reforma y finalmente el Eje Vial. Ahí los tambores de la batucada hicieron lo suyo: convertir el concreto en caja de resonancia. Los edificios devolvían los gritos de protesta como si también quisieran participar.

A los lados siempre hay espectadores. Algunos aplauden, otros felicitan con entusiasmo paternalista, y también están los clásicos que se ríen desde la banqueta como si presenciaran un espectáculo callejero. El folclor nacional, pues.

El siguiente punto fue la Fiscalía General del Estado de San Luis Potosí. El edificio ya estaba “blindado”: puertas con candados, ventanas cubiertas con madera. Un búnker improvisado contra la indignación ciudadana. Pero aunque las puertas estaban cerradas, las paredes ya parecían un mural de agravios: pancartas con nombres de agresores, deudores alimenticios, fichas de búsqueda de mujeres que todavía no regresan a cenar a casa.

Ahí comenzaron los testimonios. Víctimas y familiares tomaron el micrófono para contar historias donde la fiscalía aparece como personaje secundario: expedientes incompletos, carpetazos, archivos que desaparecen como por arte de magia.

📸 Zayda Vazquez

La declaración más dura vino de una niña, tal vez de catorce años o quizá menos. Con voz somnolienta —esa que tienen quienes han tenido que madurar demasiado rápido— dijo que marchaba por su madre, a quien vio morir a manos de su propio padre frente a ella y su hermano menor. El hombre sigue libre. La multitud respondió como sabe hacerlo: “¡No estás sola!”, “¡Esta es tu manada!”.

Entonces llegó el momento que muchos esperan con morbo y otros con entusiasmo: el bloque negro. Ese contingente al que se le atribuyen todos los males de la civilización occidental pero que, en el fondo, hace lo que muchas quisieran hacer aunque luego digan que no. Los candados de la fiscalía duraron lo que dura un secreto en un grupo de WhatsApp: poco. Hubo lluvia de piedras, gritos de celebración y las icónicas bengalas de humo morado tiñendo el aire.

La marcha siguió su propio viacrucis urbano hasta el Jardín de San Juan de Dios, entre consignas que ya son himnos: “Mujer consciente se une al contingente”, “Mujer escucha, esta es tu lucha”.

De ahí el contingente entró al corazón político de la ciudad: la Plaza de Armas, donde conviven el Palacio de Gobierno de San Luis Potosí, el Palacio Municipal de San Luis Potosí, el Congreso local y la imponente Catedral Metropolitana de San Luis Potosí.

📸 Jaan Mora 

Ahí, frente al Palacio de Gobierno, el contingente se detuvo para intervenir un símbolo reciente: el monumento dedicado a Karla Pontigo, convertido ya en un punto de memoria dentro de la plaza. A unos metros apareció también el tendedero de agresores y deudores alimentarios: hojas sujetas con pinzas donde se leían nombres, denuncias y testimonios que difícilmente encontrarían espacio en un expediente judicial.

Las vallas metálicas que resguardaban el Palacio de Gobierno terminaron en el suelo después de algunos empujones colectivos. No fue una coreografía planeada, pero sí una escena que se repite en muchas ciudades: la ciudadanía frente al muro del poder. Sobre las estructuras y los muros comenzaron a aparecer pintas, consignas, nombres y reclamos. También se pegaron fichas de búsqueda de mujeres desaparecidas, rostros impresos que miraban desde el papel como recordatorio de que muchas siguen sin volver a casa.

📸 Jaan Mora/ Zayda Vazquez

Aunque algunos líderes religiosos habían pedido no “resguardar” templos, siempre hay fieles que interpretan la fe como guardia de seguridad voluntaria. Ahí estaban, defendiendo la catedral mientras las manifestantes pegaban fichas de búsqueda en los muros. Un diálogo peculiar entre rezos y consignas.

La marea morada siguió hasta la Plaza de los Fundadores. Ahí ya esperaban dos madres que llevan años convirtiendo el duelo en lucha: la mamá de Karla Pontigo y la madre de Sandra Luz Viramontes. Ambas recordaron cómo las autoridades primero quisieron reducir sus casos a accidentes o “muertes violentas”, como si cambiarle el nombre al crimen pudiera hacerlo menos crimen.

📷 Jaan Mora

Cuando parecía que el acto cerraría con discursos y veladoras, alguien gritó desde el fondo: “¡Que lo quemen todo!”. Y el fuego decidió participar también en la jornada. Las llamas alcanzaron el edificio histórico de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en Fundadores. Una institución que hace poco prestó su fachada para una película feminista, pero que en la vida real sigue arrastrando denuncias incómodas: estudiantes agredidas por compañeros, profesoras denunciando maestros, expedientes que duermen mejor que cualquier alumno en clase de ocho de la mañana.

Las láminas metálicas que protegían el edificio resistieron… hasta que dejaron de hacerlo. El fuego iluminó la plaza mientras el sol empezaba a esconderse.

📸 Jaan Mora

Por primera vez también el Templo de la Compañía de Jesús terminó con algunos daños. Porque en esta ciudad —como en muchas otras— hay memorias que no prescriben. Y al padre Córdoba no todos lo olvidan.

Así, entre humo morado, consignas, piedras, rezos, fuego y el inevitable sarcasmo que deja vivir en este país, terminó otro 8 de marzo en San Luis Potosí.

Fundadores dejó de verse morado poco a poco. Las voces se dispersaron por las calles del Centro Histórico y la plaza volvió a quedar bajo la luz de la luna.

Un día más en el calendario.

Un día menos en la paciencia.

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