El clima de San Luis Potosí es un ejercicio de extremos secos, pero la moda masculina de antaño decidió ignorar la geografía con una terquedad asombrosa.
El reglamento no escrito de la respetabilidad potosina dictaba que el hombre de bien debía vestir levita, chaleco y corbata, sin importar que el sol de mayo estuviera derritiendo el pavimento de la calle Madero.
El calor era una molestia biológica menor frente al peligro inmenso de perder la reputación de caballero por salir a la calle en mangas de camisa.
Esta tiranía del termómetro creó una sociedad de hombres que sudaban con dignidad aristocrática. Quitarse el saco en público era considerado un acto de barbarie comparable a proferir un insulto en la iglesia.
La ropa formal funcionaba como una disciplina del cuerpo: obligaba a mantener una postura recta, un paso lento que evitara la fatiga y un aire de sobriedad que combinaba perfectamente con la cantera de las fachadas. San Luis aprendió a sufrir el clima en silencio, prefiriendo la asfixia elegante del paño de lana a la comodidad sospechosa de las telas ligeras, confirmando que en esta ciudad, la opinión del vecino siempre ha pesado mucho más que el mercurio del termómetro.


