En la jerarquía burocrática de San Luis, el cobrador del tranvía ocupaba un escalón modesto pero con un poder inmediato absoluto. Su uniforme almidonado, la gorra con insignias de metal y la libreta de registros le otorgaban una autoridad pequeña que ejercía con una solemnidad que ya quisiera un juez de distrito.
Él era el encargado de decidir quién subía, quién bajaba por mal comportamiento y quién debía ceder el asiento a una dama de sociedad.
El boleto entregado por el cobrador era un contrato social de veinte minutos. Su maquinita perforadora marcaba el ritmo del viaje con un tintineo metálico que recordaba a todos los pasajeros que el orden del gobierno estaba vigilando el trayecto. El cobrador conocía los trucos de los niños para no pagar y la soberbia de los juniors que pretendían viajar gratis por el simple peso de su apellido.
En San Luis, aprendimos a respetar esa autoridad de uniforme barato, entendiendo que en el teatro de la modernidad urbana, el engranaje más pequeño es el que decide si llegas a tiempo a tu destino o te quedas varado en medio del polvo de la avenida.


