La gran promesa del tranvía fue la velocidad: la ilusión de ganar tiempo al reloj del Altiplano. Sin embargo, detrás de la prisa industrial se escondía una ironía aplastante que los potosinos descubrieron muy pronto.
Moverse más rápido no significaba tener más tiempo libre para la tertulia o el descanso; significaba simplemente que se podía llegar más lejos a cumplir con el mismo trabajo de siempre y con una puntualidad más estricta impuesta por el patrón.
La prisa del tranvía estiró los límites de la ciudad, permitiendo que las fábricas se mudaran a las orillas y que el empleado viviera más lejos de la oficina. La velocidad se convirtió en una nueva forma de disciplina laboral. El potosino cambió la caminata pausada por la carrera detrás del vagón que ya estaba arrancando.
Nos modernizamos en el transporte para seguir siendo igual de tradicionales en la rutina: nos movíamos a ritmo del segundero eléctrico para terminar sentados en el mismo escritorio de cantera, demostrando que en San Luis la prisa es un adorno técnico que usamos para simular progreso mientras nuestras costumbres siguen marchando con la lentitud de un carretón de mulas.


