En San Luis, lo antiguo no siempre es un hecho histórico; a veces es una decisión de decoración. Hemos perfeccionado el arte de hacer que lo nuevo parezca viejo para que no desentone con nuestra idea de nosotros mismos. Construimos edificios modernos con toques de piedra rosa o simulamos pátinas de siglos en paredes que se levantaron el mes pasado.
Esta estética de la tradición nos permite sentir que estamos conectados con un pasado glorioso, aunque ese pasado sea una interpretación libre del arquitecto en turno. Lo que importa no es la autenticidad del material, sino la percepción de estabilidad que proyecta. Nos gusta que las cosas se vean como si siempre hubieran estado ahí, porque la novedad nos produce una desconfianza instintiva.
El resultado es una ciudad que es, en parte, un escenario de teatro. La identidad potosina se apoya en estos recordatorios visuales de un ayer que quizás fue más complicado de lo que queremos recordar, pero que hoy se ve precioso bajo las luces amarillas del centro. En San Luis, la historia no es algo que pasó, es algo que se sigue fabricando todos los días para que la ciudad no pierda su estilo, aunque por dentro todo sea tan moderno como un centro comercial de Dallas.


