San Luis Potosí es una ciudad que no viene con instrucciones, pero que todos los que vivimos aquí conocemos de memoria. Hay reglas de tránsito, de cortesía y de supervivencia que no están escritas en ningún bando municipal, pero que rigen nuestra vida con más fuerza que la constitución.
Uno aprende, por ejemplo, en qué esquina se puede dar la vuelta aunque esté prohibido, a qué horas es inútil intentar cruzar el centro y qué gestos usar para pedir un favor sin que parezca que lo necesitas. Es un conocimiento operativo que se adquiere por ósmosis. No es teoría, es práctica diaria.
Esta capacidad de entender la ciudad sin que nadie nos la explique es lo que nos permite habitarla con relativa facilidad. San Luis puede parecer confusa o ilógica para el que viene de fuera, pero para el local es un sistema de engranajes que conocemos a la perfección. Sabemos cómo resolver lo que no funciona y cómo ignorar lo que no nos conviene. Es una inteligencia urbana basada en la experiencia y en el acuerdo tácito. Al final, San Luis funciona no por su planeación, sino por la habilidad de sus habitantes para leer entre líneas y moverse con soltura en una ciudad que prefiere las señales sutiles a las explicaciones claras.


