Aunque hoy es el evento más solemne del estado, la Procesión del Silencio nació en 1954 por iniciativa de un grupo de toreros que querían traer a San Luis un poco de la Semana Santa sevillana. Fue un ejercicio de nostalgia taurina que terminó convirtiéndose en el símbolo máximo de la fe potosina.
Lo que empezó con un par de imágenes y túnicas prestadas, hoy es una industria del luto y la tradición que paraliza la ciudad. Es el ejemplo perfecto de cómo un invento reciente puede volverse «ancestral» en menos de un siglo si se le pone suficiente incienso y se hace con la elegancia que solo el potosino sabe manejar.


