La comunicación humana en el siglo XIX potosino estaba regida por una virtud hoy extinta: la paciencia absoluta. Esperar una respuesta a una carta mandada a la capital o al extranjero era un proceso que tomaba semanas o meses, un intervalo de tiempo donde la imaginación de los potosinos trabajaba horas extras fabricando teorías sobre el silencio del destinatario.
La espera no era una falla del sistema; era la condición normal de la vida en provincia.
Esta lentitud obligaba a las personas a redactar con un cuidado extremo. No se escribía para la prisa del momento, se escribía para la posteridad del archivo familiar.
Una carta potosina debía incluir el santoral, el reporte detallado del clima, el estado de las cosechas y las bendiciones obligatorias, previendo que para cuando el papel llegara a su destino, la realidad ya habría cambiado de rumbo.
La pedagogía de la espera forjó un carácter local escéptico y pausado, poco dado a los entusiasmos repentinos o a las alarmas sin fundamento. Aprendimos a aceptar que el tiempo de la distancia es inamovible, entendiendo que en este desierto, las palabras importantes deben madurar en el camino antes de presentarse ante los ojos de quien las aguarda en el zaguán.


