La flor que embriaga la memoria.

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En Maravillas, donde el sol cae lento y el maguey aprende a resistir sin quejarse, Daniela Ortiz sirve el pulque como quien sirve una historia viva. No es solo bebida: es herencia, es oficio, es terquedad buena. Al frente de La Flor de Mexquitic, Daniela carga con orgullo cuatro generaciones de una familia que aprendió a sacarle dulzura a la tierra.

De niña creció entre el raspar del maguey y el murmullo de los clientes. Su abuelo materno, con la paciencia de los que saben esperar, le arrancaba al maguey el aguamiel. Su abuela paterna, Doña Chenchita, lo vendía sin prisas, con esa sabiduría que no se aprende en escuela alguna. Pronto la gente comenzó a llegar sola, sin invitación: hombres que salían del trabajo con la garganta seca y el alma cansada, buscando un trago que supiera a descanso.

Primero fue la casa, luego el rincón, después el local. El pulque tenía clientes, pero no nombre, hasta que un parroquiano —de esos que no fallan— empezó a decir que iba al pulque de “La Flor”. A la familia le gustó la ocurrencia. Le pusieron apellido, para que no se les fuera lejos: Mexquitic. Y así, entre broma y cariño, nació La Flor de Mexquitic, como nacen las cosas buenas, sin tanto plan pero con mucho corazón.

No todo fue miel sobre el maguey. En un mundo donde el pulque parecía cosa de hombres, una familia de puras mujeres tuvo que aprender a hacerse escuchar. Hubo miradas torcidas, comentarios de cantina y uno que otro trago amargo. Pero también hubo clientela fiel, respeto ganado y risas compartidas. Con el tiempo, el pulque dejó de ser solo cosa de machos y empezó a sentar a la familia completa alrededor del vaso.

Al principio solo había pulque natural y aguamiel. Fue Doña Chenchita quien, con ojo pícaro, le dijo a Daniela que había que curarlo, que al pulque también le gusta coquetear. La primera tanda fue un fracaso: ni una venta. Daniela, entre nervios y coraje, empezó a regalarlo. “Pruébenlo”, decía. Y lo probaron. Desde entonces, el chisme voló más rápido que el mezcal y el gusto se quedó. Hoy hay más de doce sabores, algunos tan traviesos como la temporada manda: el de flor de cempasúchil, por ejemplo, que llega, enamora y se va.

Para Daniela, la pulquería no es negocio: es casa, es familia y es destino. No se imagina en otro lado, porque ahí ha conocido de todo: historias largas, borracheras honestas y personajes que llegan de quién sabe dónde. Una vez, unos extranjeros aparecieron felices como chamacos; habían visto el lugar en un documental. No hablaban español, ella no hablaba su idioma, pero el pulque hizo de traductor. Se fueron agradecidos, con el corazón contento y el sueño cumplido.

Y así, entre risas, magueyes y vasos escarchados de historia, La Flor de Mexquitic sigue dando de beber, recordándonos que el pulque no solo embriaga el cuerpo: también emborracha la memoria.

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