En el San Luis decimonónico, la censura no siempre llegaba con un sello oficial de «prohibido»; a veces llegaba en forma de una visita amistosa de la policía o la repentina escasez de papel para las imprentas incómodas. Se podía hablar de casi todo: del clima, de los precios de la plata o de la llegada del ferrocarril.
Sin embargo, el límite estaba trazado en los apellidos de la élite y en la figura del Presidente. Cuestionar la honestidad de un funcionario o la validez de una elección era invitar al desastre.
La censura funcionaba como un filtro moral y político. Los editores potosinos debían ser maestros del doble sentido y la metáfora para decir lo que pensaban sin terminar en la cárcel de la ciudad. Era un juego de espejos donde lo que no se decía era más importante que lo que se publicaba.
Esta vigilancia constante generó una prensa de dos caras: una oficialista, dedicada a la lisonja, y otra clandestina que circulaba en los barrios y talleres. El control sobre la palabra no impidió la disidencia, pero sí obligó a los potosinos a desarrollar una lectura crítica y a entender que, en esta ciudad, la verdad suele susurrarse antes de imprimirse.


