El 6 de marzo de 1836 es una fecha grabada con letras de sangre en la historia de Texas, pero poco se dice del papel crucial del Batallón Activo de San Luis.
Mientras el cine de Hollywood nos cuenta la historia de héroes con gorros de piel de mapache, la realidad es que fueron los infantes potosinos quienes, bajo un frío paralizante y sin suministros adecuados, asaltaron la misión fortificada. La tragicomedia es que esos hombres pelearon con una ferocidad inaudita por una causa que, desde el centro del país, ya estaba sentenciada por la ineptitud política. Los soldados de San Luis fueron los que realmente pusieron la bandera mexicana en lo alto del Álamo, solo para ver cómo el territorio se escurría entre las manos de Santa Anna semanas después.
Con este episodio se vive la desmemoria nacional. En San Luis no tenemos monumentos a esos hombres que marcharon miles de kilómetros para defender la integridad del país. Murieron en una tierra que hoy es ajena, sirviendo a un dictador que los usó como piezas de ajedrez.
Recordar el 6 de marzo desde San Luis es un ejercicio de justicia histórica; es reconocer que nuestra gente siempre ha estado en la primera línea de fuego, defendiendo fronteras que ni siquiera conocían. Somos un estado de guerreros silenciosos que, tras la batalla, regresan a su cantera a seguir labrando el destino, sin esperar que el país les dé las gracias por haber intentado salvar lo que los políticos ya habían vendido.


