Mucho antes de que Madero redactara su famoso plan, en San Luis Potosí ya se estaba cocinando la rebelión intelectual contra Porfirio Díaz.
En marzo de 1891, se consolidó la «Alianza de San Luis», una coalición de liberales potosinos y grupos de resistencia que decidieron que ya era suficiente de reelecciones infinitas.
Pero mientras Díaz se sentía el dueño absoluto de México, los abogados y periodistas de nuestro estado empezaron a usar la ley para demostrar que la dictadura era ilegal. San Luis fue el laboratorio donde se probó la resistencia cívica que años más tarde incendiaría al país entero.
Muchos de los integrantes de esta alianza eran antiguos aliados del régimen que se sintieron desplazados por los «científicos» de la Ciudad de México. No era solo un asunto de ideales, sino de orgullo regional: en San Luis no aceptamos que nos manden desde fuera sin consultarnos.
La represión contra la Alianza fue dura, pero la semilla ya estaba plantada en las plazas de nuestra capital. Este episodio nos recuerda que el potosino es legalista por instinto; preferimos pelear con un acta en la mano que con un fusil, pero cuando la ley se vuelve burla, sabemos cómo convertir la tinta en pólvora.
La Alianza de 1891 es la tatarabuela de nuestra democracia, un grito de «ya basta» que nació en las tertulias del centro histórico.


