Juan de Oñate llegó a San Luis con la mentalidad de un inversionista de riesgo que ha leído demasiadas novelas de caballería. Su objetivo era Nuevo México, pero San Luis fue su base de operaciones y, a menudo, su dolor de cabeza.
Oñate no entendía la diplomacia de Miguel Caldera; él prefería la estructura rígida del mando y la conquista directa. Esto, por supuesto, lo puso en conflicto con los indígenas locales y con otros españoles que ya habían empezado a repartirse el pastel minero.
Su paso por San Luis dejó un rastro de documentos legales, quejas de los colonos y una sensación de incomodidad generalizada. Oñate representaba esa ambición española que no conocía límites, pero que chocaba constantemente con la escasez de recursos y la resistencia de la tierra.
Su figura nos recuerda que la historia de San Luis también se escribió con los choques de estos grandes egos que, en su afán por conquistar el horizonte, a menudo se olvidaban de asegurar el suministro de comida para el día siguiente. Fue un hombre de grandes planes y resultados polémicos, el tipo de líder que prefiere que lo odien a que lo ignoren.


