Antes de que la ingeniería moderna nos hiciera creer que el agua es un derecho infinito, los potosinos vivíamos en una relación de dependencia absoluta con el entorno.
Las acequias eran las venas de la ciudad, canales abiertos que transportaban el líquido desde los manantiales de la Cañada del Lobo hasta el centro. Pero no era un sistema perfecto; el agua llegaba con hojas, tierra y, de vez en cuando, algún secreto de la vecindad de arriba.
La vida se estructuraba siguiendo el curso del agua. Tener una casa «agua arriba» era un símbolo de estatus, porque significaba recibir el líquido antes de que todos los demás lavaran sus penas en él.
Los pozos en los patios eran tesoros familiares, y las acequias eran el escenario de constantes pleitos legales por el desvío de un chorrito más o menos. San Luis era una ciudad que escuchaba el correr del agua por las calles, recordándonos que nuestra existencia dependía de un hilo líquido que cualquier sequía podía cortar. Aprendimos a ser previsores, a guardar el agua en tinajas y a entender que, en el Altiplano, el que controla el pozo, controla la voluntad de sus vecinos.


