En cada calavera sonriente, en cada esqueleto vestido de gala, late el pulso de un México que aprendió a reírse de la muerte, nació del talento popular de José Guadalupe Posada, el grabador que convirtió el arte en crónica social y la sátira en denuncia.
Nacido en 1852, Posada encontró en el grabado un lenguaje directo para hablarle al pueblo. Sus imágenes circularon en volantes, periódicos y talleres, colándose en mercados y plazas públicas, donde la noticia se entendía más por la imagen que por la palabra. Ahí, entre tinta y metal.
Sus famosas calaveras no eran solo adornos festivos. Eran una crítica mordaz a las élites, a la hipocresía social y a las tragedias cotidianas. La más emblemática, La Calavera Garbancera, después bautizada como La Catrina, se convirtió en un símbolo universal, elegante, sarcástica y eterna, recordándonos que ante la muerte todos somos iguales.
José Guadalupe Posada murió un día como hoy 20 de enero de 1913 en Ciudad de México, en el anonimato, sin imaginar que su obra trascendería generaciones y fronteras 10 años después de su muerte.
Hoy, sus grabados siguen vivos en murales, ofrendas, tatuajes y celebraciones. José Guadalupe Posada no solo ilustró su época, le dio identidad visual a todo un país, enseñándole a enfrentar la muerte con humor, memoria y dignidad.





