Nacido en San Luis Potosí, Jesús Silva Herzog es el hombre que le puso cerebro y estructura a la economía del México posrevolucionario. Aunque se le asocia más con la Ciudad de México por su labor en la UNAM y en la expropiación petrolera, su rigor y su flema son puramente potosinos.
Silva Herzog entendió que la riqueza de una nación no está en el petróleo o la plata, sino en la educación de su gente. Su vida fue intentar que los políticos entendieran que la economía es una ciencia social y no una piñata para los cuates. Fue el intelectual que supo mantener la cabeza fría mientras el país ardía en discusiones ideológicas.
Lo cínico de su legado es que hoy muchos lo citan en los discursos, pero pocos practican su disciplina y su honestidad intelectual. En San Luis, su nombre es sinónimo de esa seriedad potosina que impone respeto en cualquier tribuna nacional.
Silva Herzog es el vínculo entre nuestra tradición minera y la modernidad económica del país. Recordarlo hoy es valorar ese talento potosino que siempre ha tenido un lugar reservado en las grandes decisiones de México, recordándonos que para gobernar un país de contrastes hace falta tener la piel dura como la cantera y una mente clara como el cielo del Altiplano. Somos un estado de estadistas, aunque a veces nos conformemos con ser solo espectadores de la grilla nacional.


