En San Luis existen jerarquías que no aparecen en ningún organigrama oficial, pero que todos respetamos con una devoción casi religiosa. Hay apellidos que pesan más que la cantera de la Catedral y fortunas invisibles que mandan más que cualquier alcalde de turno.
Estas jerarquías se manifiestan en detalles mínimos: en quién se sienta en la primera fila de la iglesia, quién es invitado a los bailes de caridad y a quién se le perdona una deuda con una sonrisa de complicidad.
Es una estructura de poder basada en la antigüedad y en la posesión de tierras que ya no producen nada, pero que otorgan un estatus eterno. No importa cuánto dinero ganes hoy; si no perteneces a esa red de influencias ancestrales, siempre serás visto como un forastero con suerte.
La ciudad se organiza en círculos concéntricos de importancia, y el centro es un club muy exclusivo donde la entrada se hereda, no se compra. Es un sistema que nos da una estabilidad envidiable, pero que también condena a la ciudad a moverse al ritmo del pasado, por miedo a que el futuro ignore los privilegios acumulados.


