Hubo un tiempo en San Luis en que bañarse diario no era una señal de buena educación, sino de una excentricidad económica sospechosa. La higiene personal era un lujo que se administraba con cuentagotas.
Quien podía permitirse una tina de madera en casa y una servidumbre que cargara el agua caliente, pertenecía a una casta superior. Para el resto de la población, el baño era un evento programado, una ceremonia que ocurría una vez a la semana si el clima y el presupuesto lo permitían.
Esta falta de agua corriente moldeó la presentación social de los potosinos. Se usaban perfumes fuertes para disimular la realidad y ropa blanca para demostrar que uno podía pagar por la lavandera.
El juicio social era implacable: se medía la decencia por la pulcritud de los puños de la camisa. La higiene era un marcador de clase más potente que el apellido.
En San Luis, aprendimos a vivir con la incomodidad de la piel seca y el polvo del desierto, convirtiendo al baño en un privilegio que se ganaba con el esfuerzo. Hoy, cuando abrimos la llave sin pensar, olvidamos que para nuestros abuelos, una regadera con agua tibia era lo más parecido al paraíso terrenal que se podía comprar con un par de monedas.


