Tender la ropa en la azotea era, en la práctica, publicar el inventario de la familia. La blancura de los linos, la calidad de los encajes y el remiendo de los calzones eran indicadores que no engañaban a nadie.
Las lavanderas y amas de casa sabían leer en la ropa tendida el estado real de la economía doméstica del barrio. Si las sábanas eran de seda importada, la familia seguía en la abundancia; si el algodón empezaba a transparentarse, era señal de que la mina no estaba dando lo esperado.
Esta exposición pública de lo íntimo generaba una competencia silenciosa por la pulcritud. En San Luis, tener la ropa más blanca que el vecino era una cuestión de honor. Se invertían horas en tallar y azular las telas para que, al ser vistas desde las azoteas vecinas, no quedara duda de la decencia del hogar.
El tendedero era el escaparate de la moralidad potosina: un sistema de clasificación social basado en el jabón y el sol, donde cada prenda era un testimonio de que, a pesar de las crisis, en esa casa todavía se mantenían las formas y la limpieza de los antepasados.


