En el San Luis de antes, para saber cómo andaba la economía no hacía falta leer los balances del banco, bastaba con salir a la calle y escuchar. El ruido era el lenguaje de la prosperidad. Una ciudad ruidosa era una ciudad que tenía dinero circulando.
El estruendo de los carros de mulas sobre el empedrado, el griterío de los mercados y el repique de los yunques en las herrerías formaban el «índice acústico» de la capital. El silencio, en cambio, era el síntoma de la crisis o del miedo político.
Los potosinos aprendimos a diagnosticar la salud de la ciudad por el oído. Sabíamos que si los talleres trabajaban hasta tarde, habría jornales para todos el sábado. El ruido industrial era una música que tranquilizaba a los comerciantes y daba esperanzas a los desempleados.
Esta relación con el sonido urbano nos hizo una sociedad que valora la actividad ruidosa como señal de progreso. El ruido era la prueba física de que la materia se estaba transformando en riqueza. Hoy nos quejamos de la contaminación auditiva, pero para nuestros antepasados, el estrépito de la herrería o el silbato de la fábrica eran los sonidos de la normalidad, recordándonos que en esta ciudad, la riqueza siempre ha tenido un volumen alto y un ritmo de golpe constante.


