Trinidad García de la Cadena representa la política de los acuerdos necesarios en un vecino estado de Zacatecas que siempre ha sido difícil de manejar (Igual que aquí, por supuesto).
Su gubernatura fue un ejercicio de equilibrismo constante entre las exigencias del centro del país y las realidades de las élites locales. En una época de tensiones militares y sociales, García de la Cadena entendió que la autoridad no es un bloque sólido, sino una red de hilos que hay que saber tensar y aflojar según el humor de los generales y los obispos.
Su gestión se basó en la mediación. No buscaba victorias totales, buscaba una estabilidad que permitiera a la ciudad seguir funcionando. Fue el hombre de las juntas a puerta cerrada y de los acuerdos de caballeros que evitaban que las discusiones terminaran en el paredón.
Esta forma de ejercer el poder dejó una marca en la política potosina: la convicción de que es mejor un mal arreglo que una buena guerra. García de la Cadena nos enseñó que en México, el poder real no se ostenta, se negocia con una taza de café y una cortesía fría, manteniendo las formas para que el fondo no nos explote en las manos. Su legado es esa paz negociada que, aunque a veces se siente hipócrita, ha permitido que las cosas sigan en su lugar a pesar de los vientos de cambio nacional.


