La arquitectura de las casas potosinas favoreció una práctica que hoy llamaríamos espionaje, pero que entonces era simplemente «estar al tanto». Las azoteas y los pequeños balcones interiores permitían una observación detallada de la vida ajena sin la necesidad de entablar conversación.
Se podía vigilar la conducta de los criados, el comportamiento de los jóvenes y la puntualidad de los proveedores sin moverse de la sombra. Era el arte de la presencia ausente.
Este sistema de vigilancia doméstica garantizaba que el orden se mantuviera por puro miedo al juicio. Saberse observado desde algún punto indeterminado de la altura obligaba a los potosinos a actuar con una corrección permanente.
No se necesitaba de guardias en cada habitación cuando se tenía la certeza de que las paredes tenían ojos y las azoteas tenían oídos. San Luis se convirtió en una ciudad de conductas ejemplares en la superficie, sostenida por esa red invisible de observadores silenciosos que, desde sus puestos de mando domésticos, se encargaban de que nadie se saliera del huacal de la decencia.


