Caminar por la calle de Abasolo, en el corazón del Centro Histórico, es toparse de frente con una fachada de cantera rosa que guarda el eco de los primeros aplausos del México independiente. El Teatro Alarcón no es solo un edificio; es el templo civil más antiguo del estado y el primer teatro edificado en el país tras la consumación de la Independencia en 1821. Diseñado por el célebre arquitecto tresguerrista Francisco Eduardo Tresguerras, este coloso abrió sus puertas en 1827, convirtiéndose en el epicentro de la alta sociedad potosina de Simonónico.
Desde una mirada antropológica, el teatro funcionaba como un espejo de las profundas divisiones de clases de la época. Mientras la aristocracia presumía sus galas en los palcos altos iluminados por lámparas de aceite, las clases populares abarrotaban el patio de la luneta, devorando óperas, dramas y las primeras compañías de zarzuela que pisaban tierra azteca. Sin embargo, el Alarcón no solo vive de la historia oficial.
En el imaginario colectivo potosino, el edificio es un santuario de leyendas urbanas. Voces de camerino y crónicas locales aseguran que el recinto está habitado por «La Entaconada» y el fantasma de un antiguo conserje que se niega a abandonar las bambalinas, demostrando que el teatro, incluso vacío, jamás pierde su dramatismo.


