En las avenidas céntricas de San Luis Potosí, la fisonomía de la población masculina componía un paisaje de copas y alas que permitía clasificar a los transeúntes con una velocidad asombrosa.
El sombrero era la frontera visual más estricta de la sociedad porfiriana. No se elegía el tocado por gusto estético o comodidad frente al sol; se portaba como una credencial de clase que determinaba la cortesía del saludo o el desprecio del gendarme en la esquina de la plaza.
El contraste era brutal. El bombín, el sombrero de fieltro importado o el panamá legítimo eran propiedad exclusiva de los médicos, abogados y comerciantes de la calle de Madero, hombres que cuidaban la pulcritud de la copa como si en ella residiera su honor notarial.
En el extremo opuesto, el sombrero de palma burda, gastado por el sudor y el polvo del campo, uniformaba a los aguadores, cargadores y peones de los barrios periféricos. Cruzar el umbral de una oficina pública o de una iglesia exigía descubrirse la cabeza, un acto de sumisión al orden establecido donde el sombrero se sostenía entre las manos como una muestra de respeto a una autoridad que siempre vestía de seda y nunca de palma.


