Antes de que existieran las alarmas eléctricas y las patrullas con sirena, el silencio de la noche potosina se rompía de forma regular por un sistema de comunicación pedestre pero sumamente efectivo: el silbato de los veladores de barrio.
Estos hombres, pagados mediante la cooperación voluntaria de los comerciantes de la cuadra, utilizaban silbatos de barro o metal para enviarse señales de esquina a esquina, estableciendo una red de vigilancia que cruzaba el centro de la ciudad.
Un silbido largo significaba que la calle estaba despejada; dos silbidos cortos alertaban sobre una figura sospechosa rondando un zaguán; y una serie de pitidos estridentes era la señal de auxilio que congregaba a los veladores de las manzanas vecinas con el tolete en la mano. Este lenguaje acústico obligaba a los habitantes a aguzar el oído desde la cama.
Escuchar el silbato a lo lejos era la garantía de que el orden porfirista seguía despierto. Una telegrafía nocturna que nos demostró que en una ciudad de adobe y cantera, la seguridad no es un servicio tecnológico, sino un asunto de pulmones, complicidad vecinal y un silbato capaz de despertar a los vecinos antes de que el cerrojo fuera forzado.


