Marzo de 1867 quedó grabado en los anales potosinos como el mes de la incertidumbre armada. Tras años de ocupación francesa y lealtades divididas, el general republicano Mariano Escobedo puso sitio a la capital potosina.
Los mismos conventos que habían servido de refugio para la oración se transformaron en fortalezas para las tropas imperiales que se negaban a aceptar que el sueño de Maximiliano se estaba desmoronando. San Luis Potosí, que siempre ha sido una plaza estratégica, se convirtió en el nudo de comunicación que el Imperio necesitaba mantener a toda costa para no quedar aislado en el centro del país.
Lo mejor fue la actitud de la élite local. Mientras el pueblo padecía la escasez del asedio, en los salones privados se seguía discutiendo si era mejor seguir a un emperador rubio o a un abogado zapoteca.
Al final, la caída de San Luis en manos de los republicanos fue el preludio del fin en Querétaro. La ciudad pasó de ser la «Capital Imperial» a ser el cuartel de la victoria juarista en cuestión de semanas. Recordar el Sitio de 1867 es entender que nuestra geografía nos condena a ser el escenario de las grandes definiciones nacionales; somos la ciudad que ha visto nacer y morir imperios desde sus balcones de piedra, siempre con esa mirada reservada que sabe que, al final, los gobiernos pasan pero la cantera se queda para contarlo.


