En la economía cerrada de San Luis, el producto siempre fue lo de menos; lo que realmente se vendía era la confianza. El prestigio de un establecimiento no se construía con rebajas o publicidad estridente, sino con el peso del apellido del dueño estampado en el toldo. Uno no iba a comprar clavos o tela, iba a comprarle «a don Manuel» o «a don Pedro».
Esta personificación del comercio obligaba al vendedor a mantener un comportamiento intachable en su vida pública y privada, porque un escándalo de faldas arruinaba las ventas más rápido que una crisis económica.
El prestigio era una garantía de calidad en una época donde no existían las procuradurías del consumidor. Si la harina salía mala, el tendero respondía con su honor. Este sistema basado en el buen nombre creó dinastías comerciales que heredaban la clientela generación tras generación.
La reputación era un activo financiero que se cuidaba con más celo que el oro. En San Luis, aprendimos que el mercado es un asunto de relaciones personales a largo plazo. Nos hicimos clientes fieles por pura costumbre y porque, en una ciudad donde todos nos conocemos, traicionar al proveedor de toda la vida es una ofensa social que el barrio tarda años en perdonar.


