El clima de San Luis Potosí no es amable con la indumentaria formal; el sol del mediodía rebota en los muros de cantera elevando la temperatura de las banquetas a extremos que invitan a la ligereza del vestuario.
Sin embargo, la moda tradicional masculina decidió declarar la guerra al termómetro en nombre del prestigio social. Salir a la calle sin el saco de tres piezas, la corbata ajustada y el sombrero rígido era considerado una claudicación moral inaceptable para cualquier varón que pretendiera mantener su decencia familiar intacta.
Esta tiranía de la apariencia obligaba a los potosinos a sudar con una dignidad aristocrática que asombraba a los visitantes de fuera. El sofoco físico se ocultaba detrás de una compostura de piedra: no se permitía aflojarse el cuello de la camisa en público ni abanicarse con el sombrero en la plaza de armas.
La ropa funcionaba como una disciplina del cuerpo, un recordatorio constante de que la respetabilidad en el Altiplano requiere sacrificio y que el dolor del calor es una molestia menor comparada con el peligro inmenso de perder la buena opinión del vecino por culpa de un descuido en la solapa.


