En San Luis, la reputación no se gana con un acto heroico repentino, sino con una vida entera de comportamientos perfectamente previsibles y discretos. El prestigio se construye bloque a bloque, como una casa de cantera rosa que aspira a la eternidad.
Se basa en la asistencia puntual a misa, en el pago de las deudas y, sobre todo, en la capacidad para ocultar los vicios con elegancia.
Un hombre de prestigio era aquel de quien no había nada que decir, cuya vida era tan correcta que resultaba casi aburrida. Este prestigio era la única moneda que no se devaluaba con las crisis políticas, la llave que abría las puertas de los clubes sociales y de los mejores negocios.
Una vez perdido por un resbalón moral o una quiebra vergonzosa, el prestigio era irrecuperable; en esta ciudad, se puede perdonar el pecado, pero nunca se olvida la falta de compostura. Somos una sociedad de pedestales invisibles donde cada quien se esfuerza por no caerse, sabiendo que el vecino está esperando justo debajo para documentar el tropiezo.


