El concepto de ‘tiempo libre’ era algo que solo los muy ricos o los muy vagos podían permitirse en el San Luis de antaño. Para el resto de la población, la vida era una sucesión ininterrumpida de tareas obligatorias que empezaban antes del amanecer.
El descanso era visto como un pecado o como una señal preocupante de enfermedad física. Los pocos momentos de ocio estaban rígidamente organizados por la iglesia o por el calendario cívico: procesiones, verbenas religiosas o corridas de toros.
No se descansaba para uno mismo ni para el placer personal, se descansaba en comunidad y bajo la estricta supervisión de las autoridades morales. El ocio individual era visto con una sospecha profunda; alguien que no estaba haciendo nada productivo seguramente estaba pensando algo malo o tramando una transgresión.
La ciudad se movía al ritmo implacable del trabajo y del deber, y el que buscaba tiempo para su propia soledad terminaba siendo el tema de conversación preferido de quienes seguían demasiado ocupados en criticar la vida ajena como para disfrutar de la propia.


