Ser carpintero en el San Luis antiguo no era el resultado de un curso técnico de seis meses, sino de una infancia transcurrida barriendo viruta y aguantando los regaños del maestro en el taller de la esquina.
El oficio se aprendía viendo, tocando y oliendo la madera antes de que te permitieran sostener las herramientas pesadas. El aprendiz empezaba limpiando las mesas y calentando la cola, avanzando en la jerarquía del taller al ritmo que dictaba su propia destreza con el cepillo manual.
Esta pedagogía del taller forjó artesanos con un conocimiento empírico asombroso de los materiales. El carpintero sabía qué madera servía para aguantar la humedad del aljibe y cuál era la adecuada para tallar el marco del espejo de la sala. No había manuales escritos; las fórmulas para el barniz y los secretos del ensamble perfecto se transmitían de viva voz y de mano a mano.
Esta cultura laboral basada en el ejemplo y la repetición creó una clase obrera potosina orgullosa de su especialización técnica, hombres que sabían que su prestigio dependía de que la escuadra no mintiera y de que el ensamble resistiera el paso de los años sin necesidad de pegamentos modernos.


