Cuentan las malas lenguas (y los cronistas con mucha imaginación) que bajo el altar mayor de la Catedral potosina se encuentra una veta de oro puro que nunca fue explotada. Según la leyenda, los constructores decidieron taparla con los cimientos para que el templo estuviera literalmente cimentado en la riqueza del desierto.
Aunque la geología dice que es poco probable, el potosino prefiere creer que camina sobre un tesoro cada vez que va a misa.
Es nuestra forma de consuelo ante la crisis: saber que, si las cosas se ponen realmente feas, siempre nos queda la esperanza de que alguien encuentre la entrada al túnel dorado del centro.


