Hablar de San Luis Potosí es hablar de Ponciano Arriaga, apodado cariñosamente (o no tanto) por sus enemigos como el «Gordo» Arriaga. Fue él quien, desde las tribunas nacionales, le dio voz a la necesidad de una reforma agraria real. Arriaga entendió, mucho antes que los revolucionarios de 1910, que la tierra debía ser de quien la trabajaba. Su vinculación con las leyes nacionales es total; sin el pensamiento potosino de Arriaga, la Constitución de 1857 habría sido un documento de buenas intenciones sin dientes sociales. Él representa la inteligencia potosina puesta al servicio de la nación.
La cosa es que Arriaga murió en la pobreza, fiel a sus principios, mientras muchos de los que se beneficiaron de sus leyes vivían en la opulencia. Hoy lo recordamos con una estatua que, por cierto, no mira al Palacio de Gobierno, quizás para no recordarles a los políticos actuales que la justicia social no es un eslogan de campaña, sino un compromiso histórico. Su figura liga a San Luis con el liberalismo más puro del país, ese que no buscaba cargos, sino cambios. Arriaga es el recordatorio de que en estas tierras de sol y cantera, el pensamiento puede ser tan duro como la piedra y tan fértil como la Huasteca si se riega con un poco de honestidad.


