El sistema del «fiado» en las tiendas de abarrotes de San Luis Potosí fue la red de seguridad social más efectiva y despiadada de los barrios tradicionales. No se trataba solo de un préstamo comercial, sino de un contrato de confianza que involucraba la reputación de toda la familia.
Pedir fiado significaba aceptar que el tendero se convirtiera en el juez de tu economía doméstica. Él sabía cuándo habías gastado de más en la cantina y cuándo realmente no te alcanzaba para la manteca.
Esta dinámica generaba una presión social invisible pero poderosa. Tener una deuda en la tienda de la esquina obligaba a mantener un comportamiento intachable ante los ojos del barrio. No se podía estrenar ropa si se debía la cuenta de la semana. El fiado era el pegamento que unía al vecino con el comerciante en una dependencia mutua: el tendero necesitaba vender y el cliente necesitaba comer.
En San Luis, el crédito informal nos enseñó que la solvencia no es un estado financiero, sino una virtud moral. Aprendimos que el honor se juega en el mostrador de la tienda y que no hay peor tragedia en el barrio que el hecho de que el abarrotero te diga que, por hoy, la cuenta ya no puede crecer más.


