Mucho antes de las bases de datos y las computadoras, la libreta del tendero era el archivo más completo de la vida económica de San Luis Potosí. En esas páginas manchadas de grasa y harina, se registraba la historia de la lucha diaria de cada familia.
La libreta era un documento sagrado: allí se anotaba la deuda, el abono y el saldo pendiente con una caligrafía que solo el dueño de la tienda entendía. Era la memoria financiera del barrio, un registro de crisis y de pequeñas bonanzas que ningún historiador oficial tomó en cuenta.
Perder la libreta era una catástrofe comparable a un incendio. En ella estaba contenida la confianza de la comunidad. El tendero era el custodio de esta información, convirtiéndose en el hombre más informado de la cuadra. Sabía quién era cumplido y quién necesitaba un empujón para pagar.
La libreta nos recordaba que en San Luis la economía es un asunto personal y de memoria corta. Aprendimos a vivir pendientes de lo que decía ese cuaderno, entendiendo que nuestro lugar en el mundo estaba definido por esas cifras anotadas a lápiz que dictaban si ese día podíamos llevar un poco de dulce para los niños o si debíamos conformarnos con lo estrictamente necesario.


