Hacer una visita social en el San Luis antiguo era un ejercicio de diplomacia que requería nervios de acero y una memoria impecable. Se llegaba a la hora exacta, se entregaba la tarjeta de visita y se esperaba en la sala con una postura que no arrugara el traje ni el decoro.
La duración de la visita estaba rígidamente establecida: lo suficiente para no parecer grosero, pero no tanto como para convertirse en una carga para la anfitriona.
Se hablaba de temas ligeros, se tomaba té con una elegancia forzada y se leían las intenciones entre líneas de cada comentario sobre el clima. Una visita era, en realidad, una inspección mutua: se analizaba la limpieza de la casa, la calidad de los dulces y la educación de los niños.
Salir de una visita social era como salir de un examen final: un alivio inmenso después de haber navegado con éxito por las aguas traicioneras de la etiqueta potosina. No se iba a convivir, se iba a demostrar que uno seguía perteneciendo al círculo de la gente civilizada, cumpliendo con un ritual que mantenía las apariencias a salvo de cualquier sospecha.


