El orden de los álbumes de fotografías antiguas en las casonas de San Luis Potosí revela qué faceta de sí mismos decidieron heredar los potosinos a la posteridad y qué realidades prefirieron sepultar en el olvido del zaguán.
En esas páginas de cartón grueso y broches de latón, la vida ruda del taller, el polvo de las carretas y la fatiga de las jornadas mineras no existían; la cámara solo se encendía para certificar la pulcritud del orden civil porfirista.
Se conservaba el registro de la excepción elegante: la primera comunión en el templo del Carmen con los trajes almidonados, el retrato nupcial donde los rostros lucían la seriedad de las estatuas de la plaza, o la estampa familiar del domingo con los sombreros derechos y los bastones en la mano.
La fotografía operaba como el filtro oficial de la decencia provinciana. El potosino prefería gastar lo que no tenía en el betún de los zapatos y en el alquiler del saco limpio con tal de heredar al futuro una memoria editada de estabilidad moral y solvencia financiera, recordándonos que en este Altiplano, la respetabilidad siempre consistió en saber ocultar el remiendo del calzado detrás de la firmeza de la pose.


