El Dios que no se ve, pero transforma todo: la fuerza de la Resurrección.

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En el marco del Domingo de Resurrección, la voz pastoral del arzobispo Jorge Alberto Cavazos Arizpe resonó con un mensaje profundamente esperanzador: la fe cristiana encuentra su sentido pleno en la experiencia viva de Cristo resucitado. No se trata solo de una conmemoración, sino de una vivencia que fortalece, transforma y da sentido a cada aspecto de la vida.

Durante su homilía, el prelado subrayó que toda devoción, espiritualidad y acción pastoral tiene su fundamento en Cristo vivo. La caridad, la justicia y la paz no son esfuerzos aislados, sino frutos de una fe que brota del encuentro con quien ha vencido la muerte. “Qué grande es celebrar nuestra fe”, expresó, recordando que en la Resurrección se encuentra la fuerza para enfrentar todo aquello que oprime, lastima o desalienta al ser humano.

Al reflexionar sobre el Evangelio según San Juan, destacó un detalle significativo: Cristo no aparece de manera visible, pero su presencia se manifiesta en los signos que deja. La tumba vacía, la piedra removida y el testimonio de quienes creen son evidencia de una presencia viva, cercana, aunque muchas veces silenciosa.

La figura de María Magdalena cobra especial relevancia al acudir al sepulcro en medio de la oscuridad, símbolo del dolor y la desesperanza que muchas veces envuelven al ser humano. Sin embargo, su búsqueda la lleva a descubrir que la muerte no tiene la última palabra. En ese camino, recurre a la comunidad, recordando la importancia de la Iglesia como espacio de encuentro, consuelo y acompañamiento.

El arzobispo también hizo énfasis en la misión de una Iglesia “en salida”, retomando el llamado del Papa Francisco a ser una comunidad de puertas abiertas, que va al encuentro de quienes más lo necesitan. En este sentido, reconoció la labor de grupos, movimientos y parroquias que, con acciones concretas, llevan esperanza a quienes viven en medio de la “oscuridad”.

Cavazos , resaltó el papel de la familia como “iglesia doméstica”, un espacio privilegiado donde se puede experimentar la presencia de Cristo vivo a través del amor, el perdón, la oración y la convivencia. Es en estos signos cotidianos donde la Resurrección se hace tangible y transforma la vida diaria.

Finalmente, el mensaje invitó a no quedarse en la tristeza ni en la desesperanza, sino a descubrir, como los apóstoles, que “vieron y creyeron”. A través de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y del compromiso con la paz y la caridad, cada creyente está llamado a ser testigo de que Cristo vive y acompaña siempre.

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