Antes de que la radio masiva uniformara los gustos auditivos, San Luis era una cacofonía de sonidos locales. La música en público era una experiencia sensorial que dependía totalmente de la presencia física del intérprete.
Se escuchaban marchas militares en la Plaza de Armas, valses en las verbenas de barrio y lamentos de violín en las cantinas. La calle era un espacio cultural improvisado donde la oferta musical variaba según el día de la semana y el humor de los pregoneros.
Esta falta de medios electrónicos obligaba a los potosinos a ser oyentes atentos. La música no era ruido de fondo, era un evento. Se sabía quién era el mejor clarinetista de la banda del estado y se esperaba con ansia el estreno de una nueva pieza en el quiosco. La calle funcionaba como un filtro: lo que gustaba al pueblo se repetía hasta el cansancio; lo que no, se perdía en el eco de los callejones.
Esta cultura auditiva forjó un oído potosino exigente y participativo, acostumbrado a consumir el arte ahí mismo donde se fabricaba: sobre la piedra gastada y bajo el cielo abierto, sin intermediarios ni cables de por medio.


