Aunque los festejos principales de la Independencia fueron en septiembre, en marzo de 1910 San Luis Potosí ya se encontraba inmerso en una febril actividad constructiva para celebrar el primer siglo de vida nacional.
Durante este mes, se supervisaban los avances de obras emblemáticas como el Mercado Hidalgo y la instalación de monumentos donados por comunidades extranjeras. La ciudad quería mostrar su mejor cara al mundo, invirtiendo en alumbrado público y en la pavimentación de las calles principales del centro histórico.
Fue una primavera de optimismo porfiriano, donde la élite potosina creía que el progreso industrial y arquitectónico era la prueba definitiva de su éxito como capital del interior.
Lo que hoy vemos como nuestro patrimonio más querido, en aquel marzo de 1910 era la novedad tecnológica. El Palacio de Cristal y otros edificios de la zona comercial eran los escaparates de una modernidad que buscaba emular a Europa.
Sin embargo, bajo esa fachada de orden, ya se gestaba el descontento que estallaría meses después. Este periodo nos recuerda que San Luis siempre ha sido una ciudad de contrastes: capaz de construir monumentos eternos en medio de la agitación social.
Celebrar el legado arquitectónico de 1910 es valorar la visión de una generación que supo darle forma física a su orgullo nacional, dejándonos una ciudad de cantera que sigue siendo el asombro de propios y extraños.


