En los primeros días de marzo de 1811, la capital potosina vivió un cambio de mando que definiría el rumbo de la guerra de Independencia en el norte. El general Félix María Calleja ocupó la ciudad que había estado brevemente en manos de los insurgentes. Para San Luis, esto significó el inicio de un periodo de represión y control militar estricto.
Calleja, desde el Palacio de Gobierno, organizó la persecución de los líderes independentistas que huían hacia el norte tras la derrota en Puente de Calderón. La ciudad se convirtió en una fortaleza realista, donde se juzgaba a cualquiera que fuera sospechoso de simpatizar con la causa de Hidalgo.
Este episodio de 1811 transformó la fisonomía social de la capital. Se instalaron paredones de fusilamiento en las plazas y se confiscaron los bienes de las familias que habían apoyado el movimiento insurgente.
San Luis Potosí pagó un precio muy alto por ser el centro de operaciones de Calleja; la economía se estancó y el miedo se instaló en los conventos y casonas. Recordar la ocupación realista de marzo es entender que nuestra libertad nacional se forjó en medio de una ocupación militar que no perdonaba la disidencia.
Fue el momento en que la cantera rosa se manchó con las decisiones de un mando que prefería el orden absoluto antes que la autonomía que empezaba a soñarse en los barrios potosinos.


