Alimentar a una ciudad que crece en medio de la nada es un milagro de la logística que rara vez agradecemos. San Luis no producía lo que consumía; las minas se comían el tiempo y la energía de todos.
Por lo tanto, la comida tenía que llegar de fuera. Las haciendas de los alrededores se convirtieron en las despensas de la ciudad, enviando maíz, trigo y carne en caravanas que eran casi tan esperadas como las de la plata.
El mercado era el corazón de la supervivencia. Ahí se negociaba el precio del pan con la misma intensidad con la que se negociaba una veta de metal. Había épocas de abundancia donde se tiraba la casa por la ventana, y épocas de carestía donde hasta el frijol parecía un manjar de reyes.
La dieta potosina se formó así: a base de lo que aguantaba el viaje y de lo que la tierra seca permitía cultivar. Aprendimos a valorar el nopal, el maíz y el chile no solo por gusto, sino por necesidad. San Luis creció con hambre de grandeza y con el estómago pendiente de que el próximo cargamento de grano no fuera asaltado en el camino.


