En el siglo diecinueve potosino, el honor era una sustancia tan frágil que podía romperse por un malentendido en una partida de cartas o por una mirada demasiado prolongada a la mujer equivocada.
Los duelos no eran escenas heroicas de película, sino trámites engorrosos donde dos hombres decidían que su vida valía menos que su reputación. Se citaban al amanecer en algún descampado fuera de la ciudad, con padrinos que se tomaban el asunto con una seriedad cómica y un médico que ya sabía que su intervención sería inútil.
Lo irónico es que muchos de estos conflictos nacían de ofensas tan insignificantes que, al momento de disparar, los contendientes ya ni recordaban por qué se odiaban. Pero el protocolo mandaba: era mejor ser un cadáver respetado que un vivo con una mancha en el apellido.
El duelo era la forma más extrema de control social, una advertencia de que en San Luis las palabras tienen consecuencias físicas. Con el tiempo, cambiamos las pistolas por las demandas legales, pero la intención sigue siendo la misma: demostrar que uno tiene la razón, aunque le cueste la fortuna o la tranquilidad al adversario.


