En el municipio de Ciudad del Maíz, la Semana Santa no solo se conmemora: se vive, se camina y se siente. En el barrio de la Villa de San José, la etnia Pame Xi’úi mantiene viva una de las representaciones más profundas del Viacrucis: el encuentro entre Jesús y María, correspondiente a la cuarta estación.

Se trata de una tradición que no solo recrea un pasaje bíblico, sino que refleja la identidad cultural, espiritual y comunitaria de un pueblo que ha resistido al paso del tiempo.
Desde temprana hora, las principales calles del barrio se convierten en escenario de fe. La procesión se divide en dos: por un lado, hombres y niños acompañan la imagen de Jesús entre rezos y cantos; por el otro, mujeres y niñas avanzan junto a María, María Magdalena y el apóstol Juan.

Ambos contingentes recorren las calles hasta encontrarse en un punto simbólico: la intersección de Juan Bautista de Mollinedo e Ignacio Zaragoza, donde al fondo se erige la Iglesia de la Purísima Concepción, convirtiéndose en testigo silencioso de este momento cargado de emoción.
Custodiando cada paso de la procesión aparecen los llamados fariseos o “diablos”, figuras emblemáticas de esta tradición. Visten trajes negros adornados con lentejuelas y portan máscaras de madera hechas por ellos mismos, con la intención de ocultar su identidad.
En sus capas llevan bordados nombres que evocan figuras del mal como Luzbel, Satanás, Astucia y Pecado. Su presencia simboliza la dualidad entre el bien y el mal, al tiempo que anuncian el paso de las imágenes con danzas y movimientos que capturan la atención de los asistentes.
Durante los días santos, del jueves al sábado, las campanas permanecen en silencio, en señal de luto. En su lugar, el sonido de las matracas y los tambores recorre las calles.
Los matraqueros cumplen una función esencial: anunciar al pueblo el avance de la procesión. Cada golpe seco de madera y cada redoble refuerzan la atmósfera solemne que envuelve este ritual.
El punto culminante llega al mediodía, cuando Jesús y María finalmente se encuentran. A esa hora, el barrio de la Villa de San José se convierte en un punto de reunión donde habitantes y visitantes se congregan para presenciar uno de los momentos más significativos de la Semana Santa.
La escena, profundamente conmovedora, transforma el ambiente: los asistentes lanzan confeti y una flor característica de la región, el chicalote blanco.

El instante más emotivo ocurre cuando María besa por última vez a su hijo. En ese momento, el sonido de tambores y matracas envuelve la escena, mientras los fariseos danzan, celebrando este encuentro que mezcla dolor, fe y esperanza.
Más allá de su significado religioso, esta representación es una muestra viva de la riqueza cultural del pueblo Pame Xi’úi. La organización comunitaria, la división de roles, la elaboración artesanal de máscaras y vestuarios, así como la participación de todas las generaciones, reflejan una tradición que se transmite de padres a hijos.
En tiempos donde muchas costumbres tienden a desaparecer, el barrio de la Villa de San José se mantiene como un bastión de identidad, donde la fe no solo se profesa, sino que se representa, se hereda y se vive.


