Para muchas generaciones de potosinos, el Cine Othón fue el lugar donde ocurrió el primer beso o el primer roce de manos. Con su diseño elegante y su pantalla gigante, ir al Othón no era solo ver una película, era participar en una coreografía social de cortejo.
El aroma a palomitas y el murmullo de la audiencia creaban la atmósfera perfecta para el romance de fin de semana.
Hoy el edificio tiene otros usos, pero para quienes crecieron en sus butacas, sigue siendo el palacio de los sueños donde el amor siempre tenía un final de película antes de que se encendieran las luces.


